SITUACIÓN Y BREVE HISTORIA DEL PUEBLO
El término municipal de Orea se localiza en la Rama Castellana o Interna de la Cordillera Ibérica, concretamente en la parte occidental de la Sierra de Albarracín a una altitud de 1500 metros, lo que determina el carácter netamente montañoso de la vida serrana y de sus gentes, que se han dedicado desde siempre a explotar los recursos naturales que les ofrecía la montaña para ser taladores de los frondosos bosques de pinos o pastores trashumantes de los rebaños de ovejas, cabras y vacas que aprovechan los abundantes pastos que contienen estas tierras. En cambio, la agricultura es pobre y casi nunca ha llegado a satisfacer las necesidades de la población, los suelos esqueléticos en constante proceso de erosión, el clima riguroso y extremado de una montaña media del interior peninsular, con temperaturas medias anuales de 7º C. y heladas tardías reduce al mínimo el periodo vegetativo, determinando esta pobreza agrícola.

El pueblo está situado a 40º 33` de latitud Norte y a 1º 43`de longitud Oeste, en un espacio natural vertebrado por las Sierras del Tremedal y las Neveras con un excepcional valor ambiental por su altitud (la Peña de la Gallina está a 1885 m.), su diversidad geológica y geomorfológica, su hidrografía y su rica vegetación.
Desde el punto de vista político y administrativo Orea siempre ha pertenecido al Señorío de Molina, tanto en la época condal de los Manrique de Lara con la Reconquista en el siglo XII como en la incorporación a la Corona de Castilla en calidad de realengo en el siglo XIII y en el breve paréntesis del dominio de la Corona de Aragón (1369-1375) sobre el Señorío.
Con la división en sexmas o demarcaciones territoriales del Señorío en el primer tercio del siglo XIII, Orea se ubicaba en la sexma de la Sierra. Desde el siglo XVI a principios del siglo XIX estuvo, como todo el Señorío, bajo la jurisdicción fiscal de la antigua provincia de Cuenca. En 1804 Carlos IV ordena la segregación del Señorío de Molina de Cuenca y su incorporación a la provincia de Guadalajara.
Aunque hay castros celtíberos cercanos al pueblo, será a partir de la segunda mitad del siglo XII con la repoblación realizada por los Lara, como señores feudales, del amplio territorio despoblado del Señorío, cuando aparece la aldea de Orea, como una de tantas otras vacías y dispersas. Poco sabemos de la procedencia de los nuevos pobladores que buscaban normas legales más flexibles para ocupar pastizales y zonas de cultivo, de acuerdo con el fuero de repoblación de Molina aunque parte de ellos eran castellanos del Norte. En fuentes documentales del siglo XV y principios del XVI hay una presencia importante de vascos que trabajaban en las ferrerías establecidas en los cauces de los ríos de la Sierra, de donde proceden la mayoría de apellidos de este origen en el pueblo, con un incremento de población importante para alcanzar los 324 habitantes en 1591.
La aldea o lugar de Orea adquiere la condición de villa en 1729, previo pago de la correspondiente cantidad de reales (derecho de villazgo) a la monarquía de Felipe V.
El municipio nunca ha tenido un volumen importante de habitantes por estar situado en una montaña del interior peninsular, donde la densidad de población ha sido siempre muy baja, llegando a su máximo de población en 1950 con 1036 de población de derecho. A partir de este momento la fuerte corriente migratoria del campo a la ciudad hace que la población disminuya de tal manera que solamente el pueblo tenía 250 habitantes en el año 2010.
DESCRIPCIÓN E HISTORIA DE “LA REVERENCIA”
Desde hace unos ciento cincuenta años, cuando las circunstancias históricas lo permiten, en las fiestas patronales de Orea en honor de la Virgen de la Asunción que se celebran el 8,9,10 y 11 de septiembre, cambiadas hace pocos años al primer fin de semana de este mes y que en tiempos pasados fueron el 15 de agosto, se repite una de las tradiciones más vistosa y originales que los oreanos denominan la “reverencia”, danza que los quintos de cada año hacen ante la imagen de la Virgen, estandartes, autoridades, familiares, vecinos y espectadores, bandeando la bandera del pueblo.
Cuando la procesión de la fiesta mayor llega a la plaza del Ayuntamiento, los quintos del año con su mayordomo o capitán, alabardero y abanderado inician la ceremonia. El primero en salir al corro que ha formado la gente para presenciar el bandeo es el mayordomo, por ser el primer nacido de la quinta, que al son de la música de la charanga, se dirige al centro y con su bastón de mando y sombrero, hace la reverencia ante la imagen de la Virgen por tres veces rodilla en tierra de delante hacia atrás, quitándose el sombrero, después repite lo mismo por dos veces ante los estandartes y autoridades, besa a sus familiares y se retira, poniendo el sombrero en la cabeza del alabardero, como segundo quinto nacido del año, el cual repite con la alabarda los mismos ejercicios, cediéndole el turno al abanderado, por ser el tercero que nació de la quinta, el cual se dirige al centro del corro con la bandera al hombro enrollada al asta y después de realizar las mismas reverencias, deja el sombrero en el suelo, despliega la bandera y hace con ella una espacie de baile continuo bandeando la bandera del pueblo con un juego de muñecas y manos, pasándosela de una a otra, por debajo de las piernas, por la cintura y arrodillándose con la mayor flexibilidad, manteniendo siempre la bandera desplegada, en una serie de ejercicios muy vistosos.

El cuarto quinto nacido en el año repite las mismas genuflexiones que el mayordomo con el bastón y sombrero, el número cinco las hace con la alabarda y el sexto quinto repite la danza del abanderado con mayor o menor agilidad y así sucesivamente todos los siguientes.
Dos días más tarde, en la festividad de San Roque como día de los difuntos, se repite la danza ante la imagen del Santo y los estandartes pero conjuntamente con los quintos entrantes, cediéndoles el testigo para el año siguiente. Se ignora por qué se hace de nuevo la misma ceremonia en honor de los antepasados con la quinta próxima, pero indudablemente está relacionada cuando las fiestas se celebraban el quince de agosto por ser San Roque el día 16 de este mes, Se intercala un día para permitir el encierro y la corrida de los novillos el 9 de septiembre.

El bastón de mando del mayordomo o capitán es una pieza de 58 centímetros de madera, adornado con flores y cintas en la empuñadura y forrado a veces con cintas de colores, que intenta representar de forma vistosa la autoridad del primer quinto. La alabarda es un astil de madera de unos 160 centímetros rematado por una corona de flores de distintos colores que adornan su inicio y nada tiene que ver con el arma de infantería enastada de astil de madera de unos dos metros de longitud, con una punta de lanza como peto superior y una cuchilla con forma de hacha terminada en una pieza cortante tan utilizada por los Tercios españoles en la segunda mitad del siglo XVI. Su función es la de adornar más la reverencia con el alabardero como segundo quinto de honor que custodia y protege a los demás.
La bandera que se baila actualmente es de forma cuadrada de 130 centímetros de longitud cuyos bordes están rematados por unos flecos rojos de 12 centímetros, excepto el lado que se une al asta de 152 centímetros con una banda también del mismo color que los flecos. La bandera está cuarteada por igual, alternando los cuarteles blancos y amarillos. En el centro de todo el espacio hay una estrella de ocho puntas de gules y en el centro de cada cuartel hay una hoja de roble de gules muy estilizada. Esta bandera nunca fue hecha con intenciones heráldicas, sino como adorno para exhibir en las fiestas y darle la mayor vistosidad y colorido al ser bandeada por el abanderado.

Seguramente las banderas de guerra anteriores del pueblo tendrían los mismos elementos, dimensiones y colores que la actual, quizás confeccionadas con otro tipo de tela, pero sabemos de su existencia documentada ya en el 1802.
La música que la charanga repite muchas veces durante esta danza es la Tuna Pasa, marcha estudiantil compuesta por Luis Arranque en 1936 y que por testimonios orales se empezó a utilizar en “la reverencia” a partir de los años cuarenta del siglo pasado. En otros tiempos se haría al son de alguna banda, posiblemente también con guitarras, bandurria y laudes e incluso al sonido de dulzaina y tamboril, como señala en la revista Hontanar Diego Sanz en Alustante.

El ritmo de este ejercicio es rápido, con unos efectos plásticos y de colorido muy llamativos amenizados por la música, siendo una de las tradiciones con más raigambre y participación de público conservadas en el pueblo y en la Sierra. Sin duda, para realizar esta danza hay que estar ágil con una cintura flexible, con fuerza en los brazos y en las muñecas.
En otros pueblos de las sexmas de la Sierra, el Sabinar y el Pedregal también se hace la danza de la bandera con distintos ejercicios, formas y ritmos en función de sus fiestas patronales. Podemos citar como más representativas el bandeo de Alustante, Alcoroches o Taravilla e incluso la tradición del pañuelo de Checa, que podría ser una reminiscencia de alguna ceremonia que se haría con su bandera de guerra, pero es únicamente en Orea, donde los quintos de cada año, hacen el baile de la bandera, sin que sepamos desde que momento existe esta costumbre.
SU ORIGEN
El origen de esta costumbre podría estar en la revista que se hacía a los soldados y sus armas de la pequeña milicia local en un alarde militar, tradición de acuerdo con la organización militar que existió en el Señorío de Molina en los momentos que la Corona necesitaba soldados. Cuando era necesario se establecía unos cupos por territorio que se cubrían con hidalgos y pecheros de la Villa y su Tierra, en función del número variable de soldados que correspondía al Señorío.
Pedro Pérez Fuertes en su libro “El cabildo de caballeros y la cofradía del Carmen de Molina de Aragón” cita que en el año 1609 se formó un batallón militar de Molina en el que alistan tanto “a hijos dalgo como a hombres buenos pecheros” pertenecientes a las parroquias de Molina y a las cuatro sexmas del Señorío.
Es posible que durante el siglo XVII, con la decadencia política y el casi continuo estado de guerra que nuestro país tuvo con los últimos reyes de la casa de Austria, se provocaría en los lugares del Señorío una conciencia militar por las sucesivas levas de soldados en función del cupo asignado por territorio.
Hasta el siglo XVIII los ejércitos se nutrían de soldados mercenarios que recibían una soldada y pertenecían a los estratos más bajos de la sociedad identificados como “la chusma”, pero en el reinado de Felipe V, con motivo de la Guerra de Sucesión, se refuerza a los soldados de recluta voluntaria, cuando era necesario, con levas o quintas, vocablo que tiene su origen en la famosa costumbre de elegir a un hombre de cada cinco.
En esta guerra, la villa de Molina y su Tierra lucharon a favor de Felipe V y las improvisadas milicias locales participaron en las campañas militares cercanas al territorio, posiblemente con sus respectivas banderas y estandartes. Aunque no disponemos de documentación que lo acredite, sin embargo sabemos que, recién acabada la guerra, el vecino de Orihuela del Tremedal D. Juan Franco y Piqueras, que en 1724 el rey Felipe V le concedió el señorío de la villa del Pajarejo, despoblado perteneciente a Orea desde el 1881, para que desarrollara las actividades industriales de la fábrica de vidrio y de paños existentes en dicho lugar, participa con los casados de Alustante en la compra de una “vandera de guerra de diferentes colores que tiene por escudo a Nuestra Señora de la Asunción por la una parte y por la otra a S. Roque y costo cinquenta reales de a ocho”.
En la actualidad hay banderas de guerra, por nombrar algunas, en otros pueblos del Señorío como Alcoroches, Traid, Alustante, Piqueras, Baños, Taravilla, Tordesilos, Setiles y la bandera del Carmen de Molina, por lo que debemos de suponer que existían ya en este siglo.
A mediados del siglo XVIII la recluta voluntaria disminuyó y se hizo necesario recurrir a la recluta obligatoria, para lo cual Carlos III mandó publicar la Real Ordenanza de Reemplazo Anual del Ejército con el servicio obligatorio, asignando a cada población un número de quintos escogidos por sorteo entre los alistados solteros con edades entre los 17 y los 30 años.
Fue la Ordenanza del 1800 la que intentó crear un ejército “nacional” con la implantación de la quinta como un nuevo sistema de reclutamiento. El proceso se hacía con la confección de un padrón de vecinos por parte de los Concejos. Cuando se convocaba el reemplazo, se comunicaba al intendente de cada provincia el cupo correspondiente, quien se encargaba del reparto entre los pueblos de su demarcación, que afectaba a todos los mozos comprendidos entre los 17 y 36 años, cuya estatura, sin su calzado ordinario, no bajara de cinco pies (140 centímetros) y que no estuvieran comprendidos en la casuística de excepciones (ciegos, cojos, mancos, baldados , estropeados, etc.) .
Será en el reinado de Isabel II, con la Ordenanza de 1837, cuando definitivamente se impone la quinta como fórmula para tener un ejército nacional permanente, con la introducción de la novedad legal de librarse del servicio militar si se pagaba una fianza o redención (2000 pesetas) o la compra de un sustituto. Posiblemente desde entonces serían los quintos del pueblo de cada reemplazo los que harían la danza de la bandera de guerra en las fiestas patronales, para invocar la protección de la Virgen y S. Roque, aunque no existe ningún documento que lo acredite ni en el Archivo Parroquial ni en el Municipal.
Al no encontrar al respecto documentación en el Archivo Municipal del Ayuntamiento de Orea, porque sus documentos son posteriores al 1834, ni en el Archivo Parroquial donde no hay ningún libro que relate los acontecimientos del pueblo en esos momentos, gracias a Diego Sanz Martínez, investigador de la Comunidad de la Tierra de Molina y estudioso de la tradición del bandeo de la bandera de Alustante, hemos podido consultar un documento existente en el Archivo Parroquial de Alustante, Cofradías, Santo Cristo, sig. 20.6, fol. 219r-v de 17 de junio de 1803 con motivo de una procesión de rogativa de petición de agua al Cristo de las Lluvias de Alustante con concurrencia de los pueblos de Motos, Tordesilos, Orea, Alcoroches, Piqueras y Adobes, donde se anota la existencia de la bandera de Orea: “Orden de Cruces, insignias i vanderas. Delante del Preste que lo fue el Sr, Rector de Motos, iba el Santo Chirstro, la efigie de Jesús Nazareno, la del Santo Ecce Homo, i la de Nuestra Señora de la Soledad de este lugar de Alustante. Luego la Cruz, insignia i vandera de Motos, por forastero (en tanto que del obispado de Albarracín), después la Cruz, insignia y vandera de Tordesilos, por de otra sexma, después la Cruz, estandarte, insignia, i vandera de la villa de Orea; Cruz, insignia, estandarte i vandera de la villa de Alcoroches; Cruz, insignia, estandarte i vandera de la villa de Piqueras; Cruz, insignia, estandarte i vandera del lugar de Adoves”.
Aproximadamente desde el año 2007, con la abolición del servicio militar obligatorio en el 2001, también hacen la reverencia las mozas de la quinta correspondiente por lo que se le ha dado mayor vistosidad y originalidad a esta tradición tan importante en el pueblo, con un aumento cada vez más importante de gente en su presencia.

LOS CONDICIONANTES SOCIOLÓGICOS Y TURÍSTICOS.
Además de los hechos históricos, sin duda, tanto la mili como que los quintos fueran en esta ceremonia los protagonistas principales, está relacionado como rito de paso a la mayoría de edad.
Muchos de estos jóvenes abandonaban su casa por primera vez, se separaban de sus familias para “hacerse hombres y cumplir con la Patria” en esa institución total que era el Ejército donde se procedía a una intensa socialización de los valores de la hombría tradicional.
Cuando esta celebración era exclusivamente masculina como referente y marcador de edad, tenía una estructura simbólica al reproducir las divisiones sociales y sancionar el orden sexista de género Sin embargo desde el año 2007, con la abolición del servicio militar obligatorio en el 2001, perdió ese carácter y desde entonces también hacen la reverencia las mozas de la quinta correspondiente, por lo que se le ha dado mayor vistosidad y originalidad a esta tradición tan importante en el pueblo, con un aumento cada vez mayor de gente en su presencia, de tal manera que todos los años concentra más de setecientas personas, dándole un valor turístico importante para el pueblo
BIBLIOGRAFÍA.
ARCHIVO PARROQUIAL DE ALUSTANTE. Cofradías. Santo Cristo, sig. 20.6, fol. 219r-v de 17 de junio de 1803.
HERRANZ MARTINEZ, Juan Pablo y LÓPEZ LÓPEZ, Federico: Orea, el espacio y el tiempo. Aache ediciones. Guadalajara, 2013.
LÓPEZ DE LOS MOZOS, José Ramón: Banderas y etnografía: Algunas manifestaciones de la provincia de Guadalajara. Rev. Banderas. Boletín de la Sociedad Española de Vexilología, nº 71-72. Año, 1999.
PEREZ FUERTES, Pedro: El Cabildo de los caballeros de la cofradía del Carmen de Molina de Aragón. Molinesa de comunicación S. L. Molina, 1992.
SANZ MARTINEZ, Diego: Tres trabajos sobre Alustante: Símbolos y creencias, el tiempo tradicional y algunas consideraciones históricas sobre la bandera de las fiestas. Cuadernos de Etnología de Guadalajara, nº 35, 2003. Págs.. 341-368.
SANZ MARTINEZ, Diego: Algunas consideraciones históricas sobre la bandera de las fiestas. Rev. Hontanar, nº 30, diciembre, 2002.
Página wed del Ayuntamiento de Alustante: La bandera de las fiestas (27-28 de agosto). A la memoria de Carlos Sánchez “Olemaña”.

Orea (1947). Diputado por Guadalajara en el Congreso de los Diputados en la IV Legislatura (1989-1993) y Senador electo por la provincia de Guadalajara en la V, VI y VII Legislatura (1993-2004). Subdelegado del Gobierno de España en la provincia de Guadalajara (2004-2008). Profesor catedrático de secundaria en el I.E.S Brianda de Mendoza (Guadalajara). Autor junto a Federico López López de Orea, espacio y tiempo (2013), AACHE Ediciones.











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