El último hilo que nos mantiene unidos

Cada verano, cuando se acercan las fiestas patronales, se repite el mismo ritual: alguien pregunta si este año habrá toros. Y cada vez, la respuesta se da con menos seguridad. La tauromaquia lleva años en retirada —menos festejos, menos ganaderías, menos jóvenes que se acercan al mundo del toro— y sin embargo, en pueblos como los nuestros, sigue siendo mucho más que un espectáculo. Es una de las pocas cosas que todavía nos reúne.

Porque aquí, cuando hablamos de toros, hablamos tanto de la corrida como del encierro. La corrida tiene su ritual, su arte y su público fiel, que llena la plaza y sigue cada faena con el mismo respeto de siempre. Y sobre todo el encierro: el toro que baja por la calle entre gritos y carreras, el toro que traen andando por el campo durante buena parte del recorrido y que solo se echa a correr en el tramo final, que es cuando los mozos aprietan el paso codo con codo con el animal, sabiendo el camino de memoria porque lo llevan viendo desde niños.

Y ahí está lo que de verdad se disfruta en el pueblo: la plaza llena en la corrida, y esa mañana en la que todo el mundo sale al balcón, a la valla, a la esquina de siempre, para ver correr a los suyos delante del toro. Los mejores sitios siempre son para la gente mayor, quienes llevan años contando la misma anécdota: la del mozo que un año se libró por los pelos subiéndose a pulso a un balcón, o la del que se quedó plantado y agarró a la vaquilla por los cuernos entre el aplauso y el susto de todo el pueblo. Esas historias se cuentan y se recuerdan año tras año, fiesta tras fiesta. Porque para las gentes de nuestros pueblos el encierro no es solo una tradición: es el recuerdo de la juventud corriendo esas calles y la alegría de ver a hijos y a nietos en el mismo recorrido.

Bueyes acompañando a un novillo en la Plaza de Toros de Alcoroches (Fotografía: Pedro Francés «Pita»)

Quitar los toros no es un gesto neutro en un pueblo de cien habitantes. No se sustituye por otra cosa: se sustituye por “nada”. Lo hemos visto ya en pueblos vecinos que dejaron de tener toros: la fiesta se acorta, vuelve menos gente, y lo que antes era la mañana que todos esperaban se queda en un par de días más apagados, con menos motivo para volver. Se pierde la excusa para que el pueblo entero —el que se fue a la ciudad y el que se quedó— coincida el mismo día en el mismo sitio. Se pierde la peña que organiza el encierro, el bar que factura lo que no factura en todo el año, la excusa para que los mayores tengan, una vez más, protagonismo y compañía. Y ese «nada» que queda es justo lo que ya sobra en la España vaciada.

Entiendo que hay quien lo ve de otra manera, y no voy a fingir que ese punto de vista carece de fundamento. Se habla del sufrimiento animal, de si una tradición tiene o no cabida en el siglo XXI, y son preguntas legítimas que merecen respuesta, no desprecio. Es un debate que se puede tener, y probablemente habrá que tenerlo tarde o temprano. Pero para que sea un debate de verdad, y no una acusación en una sola dirección, hace falta que se escuche también a quienes vivimos esto desde dentro: a los que llevan generaciones cuidando el ganado, organizando la fiesta y esperando todo el año esa mañana de encierro. Con respeto por ambas partes, seguro que encontramos más puntos en común de los que parece.

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