La imagen de la España Rural en el siglo XX a través del cine

Una breve aproximación a la evolución del imaginario rural en la gran pantalla a lo largo de la historia reciente de España.

Introducción: el cine como documento histórico

El cine ha sido mucho más que una forma de entretenimiento. Desde su llegada a España a finales del siglo XIX, las películas han reflejado la evolución política, económica y social del país, convirtiéndose en un testimonio privilegiado de cada época. Aunque muchas obras nacieron con un propósito puramente artístico o comercial, hoy constituyen una fuente histórica que permite conocer cómo se representaba la sociedad y cuáles eran los valores predominantes en cada momento.

Cámara de cine antigua.

Entre todos los temas abordados por el cine español, la representación del mundo rural ocupa un lugar destacado. Durante buena parte del siglo XX, España fue un país eminentemente agrario y millones de personas vivían en pequeños pueblos dedicados a la agricultura y la ganadería. Esa realidad hizo que el campo se convirtiera en uno de los escenarios más frecuentes del cine nacional. Sin embargo, las películas no siempre mostraron la vida rural de forma objetiva. En muchas ocasiones construyeron una imagen idealizada o estereotipada, influida por el contexto político y cultural de cada época.

Sala de cine. Años 30.

A lo largo del siglo XX, la representación del campo evolucionó profundamente. El cine pasó de mostrar un mundo dominado por el costumbrismo y las tradiciones populares a reflejar la pobreza, la emigración, la despoblación o la memoria histórica. Cada etapa política dejó su huella en la forma de representar la España rural y convirtió al cine en un espejo de los cambios experimentados por la sociedad.

Los orígenes del cine rural (1896-1931)

Las primeras imágenes del campo

Arando el campo.

La llegada del cinematógrafo a España coincidió con un país donde la mayor parte de la población vivía en el medio rural. Las primeras películas eran breves escenas documentales que mostraban calles, plazas o acontecimientos cotidianos, pero pronto comenzaron a aparecer historias ambientadas en pueblos y paisajes agrícolas.

El cine de las primeras décadas del siglo XX estuvo profundamente influido por el teatro costumbrista. Las películas recurrían a personajes fácilmente reconocibles, como el campesino trabajador, la joven enamorada, el cacique o el sacerdote, y desarrollaban historias centradas en el honor, la familia y las tradiciones. Más que reflejar la realidad cotidiana del campo, estas producciones buscaban ofrecer una imagen amable y reconocible para el público.

SIEGAS Y TRILLAS. Las personas que tienen o tenemos ya cierta edad,  recordamos con cierta nostalgia aquellos calurosos veranos en los pueblos  de la España Rural. Con éstas fotografías, sólo pretendo recordar
Segando.
Danse espagnole de la Feria. Sevillanos. (1900)

En esta etapa también adquirió gran importancia el cine regionalista. Cada territorio aparecía representado mediante sus costumbres, su música y sus paisajes característicos. Andalucía era identificada con el flamenco y las ferias; Aragón, con la jota y la figura del baturro; Castilla, con sus amplias llanuras y la vida agrícola. Estas representaciones contribuyeron a consolidar numerosos estereotipos que perduraron durante décadas.

Florián Rey y el nacimiento del drama rural

Uno de los directores más importantes de este periodo fue Florián Rey, cuya obra marcó un antes y un después en la representación cinematográfica del campo español.

Nobleza Baturra (1925)

Entre sus primeras producciones destaca “Nobleza baturra” (1925), una película ambientada en Aragón que gira en torno al honor, el amor y las tradiciones populares. La obra refleja la importancia de la comunidad rural y de los valores familiares, al tiempo que convierte el paisaje aragonés en uno de los protagonistas de la historia. Su éxito fue tan importante que años más tarde sería adaptada al cine sonoro.

La gran obra de Florián Rey llegó en 1930 con “La aldea maldita”, considerada una de las películas más importantes del cine mudo español. Ambientada en un pueblo castellano devastado por la sequía, narra la historia de una familia obligada a abandonar su hogar por la falta de recursos. A diferencia de muchas producciones anteriores, la película introduce una visión mucho más dura del mundo rural y presenta problemas como la pobreza, el hambre y la emigración.

La aldea maldita (1930)

El paisaje deja de ser únicamente un elemento decorativo y pasa a convertirse en una parte esencial del relato. Los campos secos y las calles vacías reflejan las dificultades de una población cuya supervivencia depende de unas cosechas cada vez más escasas. Gracias a esta obra, el cine español comenzó a tratar el medio rural desde una perspectiva más realista y social.

La llegada del cine sonoro

La incorporación del sonido a comienzos de los años treinta transformó profundamente la industria cinematográfica. Los diálogos, la música y las canciones populares permitieron reforzar el carácter regional de muchas películas.

Nobleza baturra (1935)

Uno de los mejores ejemplos fue “Nobleza baturra” (1935), nueva versión de la obra de Florián Rey protagonizada por Imperio Argentina. El sonido permitió incorporar la jota aragonesa como un elemento fundamental de la narración y reforzó la importancia de las tradiciones populares.

Ese mismo año también alcanzó un gran éxito “Morena Clara” (1936), otra película protagonizada por Imperio Argentina. En este caso, el escenario era Andalucía y la historia se desarrollaba alrededor del flamenco, el mundo gitano y las costumbres andaluzas. Aunque pertenecía al mismo género folklórico que la otra película, ofrecía una imagen diferente de la España rural basada en la diversidad cultural de las distintas regiones.

Estas producciones consolidaron el cine folklórico como uno de los géneros más populares del país y fijaron una imagen del campo asociada a la tradición, la música y las costumbres populares.

La Segunda República: el cine descubre la realidad social

La proclamación de la Segunda República en 1931 abrió una nueva etapa para el cine español. El aumento de la libertad creativa permitió abordar cuestiones sociales que hasta entonces apenas habían aparecido en la pantalla.

II República Española | Historia | Ocio y cultura Cadena SER
Proclamación en Madrid de la República en 1931.

Sin abandonar completamente el costumbrismo, comenzaron a surgir películas interesadas en mostrar las dificultades que atravesaban muchas zonas rurales. La cuestión agraria, la pobreza, las desigualdades económicas y el atraso de determinadas regiones adquirieron un mayor protagonismo, reflejando algunos de los principales problemas que afrontaba el país.

Luis Buñuel y la denuncia de la pobreza

La película que mejor representa este cambio es “Las Hurdes, tierra sin pan” (1933), dirigida por Luis Buñuel.

Rodado en una de las comarcas más pobres de España, el documental muestra las durísimas condiciones de vida de sus habitantes. Las imágenes reflejan el aislamiento geográfico, la escasez de recursos, la desnutrición y la falta de infraestructuras, ofreciendo una visión completamente distinta a la del cine folklórico.

Fotograma de Las Hurdes, tierra sin pan (1933)

La obra causó una enorme polémica por la crudeza con la que retrataba la realidad rural. Mientras algunos consideraban que dañaba la imagen del país (y de las Hurdes en particular), otros la defendieron como una denuncia necesaria de unas condiciones de vida que permanecían invisibles para gran parte de la sociedad.

Con Las Hurdes, tierra sin pan, el cine dejó de limitarse a representar costumbres populares para convertirse en un instrumento de crítica social. El campo aparecía ahora como un espacio donde se manifestaban las profundas desigualdades existentes en la España de los años treinta.

La Guerra Civil y el cine como herramienta de propaganda

El estallido de la Guerra Civil en julio de 1936 interrumpió la evolución que estaba experimentando el cine español. La producción cinematográfica se vio profundamente afectada por el conflicto, muchas productoras cesaron su actividad y numerosos directores, actores y técnicos marcharon al exilio. En este contexto, el cine dejó de centrarse en historias de ficción para convertirse en un instrumento de propaganda política al servicio de ambos bandos.

Sierra de Teruel (1940)

Las películas rurales, tan habituales durante las décadas anteriores, quedaron relegadas a un segundo plano. La prioridad era documentar la guerra, reforzar la moral de la población y justificar las posiciones ideológicas de cada ejército. Se multiplicaron los documentales, los noticiarios y los reportajes filmados en el frente, donde el campo ya no aparecía como un espacio de tradición o de vida cotidiana, sino como el escenario de los combates y de las consecuencias de la guerra.

Las pequeñas localidades adquirieron un nuevo significado cinematográfico. Los pueblos aparecían destruidos por los bombardeos, convertidos en lugares de paso para los soldados o en símbolo del sufrimiento de la población civil. La representación del medio rural cambió radicalmente respecto a la que había predominado durante la Segunda República. Ahora el paisaje estaba asociado a la violencia, la destrucción y la incertidumbre.

El cine desempeñó un papel fundamental en la construcción del discurso político de ambos bandos. Las imágenes pretendían convencer al espectador de la legitimidad de la causa que defendían y reforzar el apoyo popular. Esta utilización propagandística del cine marcaría profundamente la evolución de la cinematografía española durante las décadas posteriores.

El cine al servicio del Régimen

Tras la victoria franquista en 1939 comenzó una nueva etapa en la historia del cine español. La dictadura comprendió muy pronto el enorme poder de las películas para transmitir valores e influir en la opinión pública, por lo que implantó un estricto sistema de censura que condicionó toda la producción cinematográfica.

La representación del mundo rural pasó a ocupar un lugar central dentro del discurso oficial. Frente a una ciudad presentada en ocasiones como un espacio de modernidad excesiva o de pérdida de valores, el campo fue convertido en el símbolo de la auténtica España. Los pueblos aparecían como lugares donde todavía sobrevivían la religión, la familia, el respeto a la autoridad y las costumbres tradicionales.

Francisco Franco y el arzobispo de Burgos en 1938.

Esta imagen respondía plenamente a la ideología del nacionalcatolicismo. El campesino era presentado como un hombre honrado, trabajador y profundamente creyente. La mujer aparecía ligada al hogar y a la familia, mientras que el sacerdote se convertía en una figura imprescindible dentro de la comunidad. Todo ello contribuía a construir una visión idealizada del medio rural que apenas dejaba espacio para mostrar los graves problemas económicos de la posguerra.

Sin embargo, la realidad era muy distinta. Durante los años cuarenta el campo español sufrió una profunda crisis económica marcada por la escasez de alimentos, el racionamiento y las dificultades para recuperarse de la guerra. Estas circunstancias apenas podían aparecer en las pantallas debido a la censura, que rechazaba cualquier representación que pudiera perjudicar la imagen del régimen.

La nueva versión de La aldea maldita

Uno de los ejemplos más representativos de esta transformación fue la nueva adaptación de “La aldea maldita”, realizada por Florián Rey en 1942.

Aunque mantenía la misma historia básica que la película de 1930, el contexto político había cambiado completamente. En la primera versión, el peso de la narración recaía sobre la pobreza, la sequía y la emigración, reflejando las dificultades económicas de las familias campesinas. En la versión rodada durante el franquismo, esos problemas quedaron en un segundo plano y adquirieron mayor importancia los valores morales, la fidelidad conyugal, el perdón y la unidad familiar.

Fotograma de La aldea maldita (1942).

Esta comparación demuestra cómo una misma historia podía adaptarse a las necesidades ideológicas de cada momento histórico. El cine no solo reflejaba la realidad, sino que también la reinterpretaba según los intereses políticos del contexto en que era producido.

El auge del cine folklórico

Durante las décadas de 1940 y 1950 el cine folklórico volvió a convertirse en uno de los géneros más populares del país. Muchas películas recurrieron nuevamente a los paisajes rurales, las fiestas tradicionales, la música popular y las costumbres regionales como elementos principales de sus historias.

La Andalucía de los cortijos, el flamenco y las romerías continuó siendo uno de los escenarios favoritos, mientras Aragón, Castilla y otras regiones mantenían una fuerte presencia gracias a películas donde predominaban los conflictos familiares, los romances y las tradiciones populares.

Fotograma de Embrujo (1947).

El éxito de estas producciones respondía tanto al gusto del público como al interés del régimen por reforzar una imagen optimista y tradicional de España. Las dificultades económicas desaparecían casi por completo y el campo se convertía en un espacio armonioso donde los conflictos terminaban resolviéndose mediante la reconciliación y el respeto por las normas sociales.

El NO-DO, la propaganda en la gran pantalla

Junto a las películas comerciales, el NO-DO desempeñó un papel esencial en la construcción de la imagen del mundo rural.

Imagen inicial del NODO.

Desde 1943 su proyección fue obligatoria en todos los cines españoles. Sus noticiarios mostraban inauguraciones de pantanos, mejoras agrícolas, nuevas infraestructuras, ferias ganaderas y actos oficiales relacionados con el campo. El objetivo era transmitir la idea de que el régimen estaba impulsando la modernización del país y garantizando el progreso de la agricultura.

Las imágenes presentaban pueblos ordenados, cosechas abundantes y campesinos satisfechos con su trabajo. Sin embargo, esta visión omitía las dificultades que seguían afectando a buena parte del medio rural y ofrecía una representación cuidadosamente seleccionada para reforzar la legitimidad del régimen.

Surcos: una visión diferente de la emigración

Dentro del panorama cinematográfico de la época destaca “Surcos” (1951), dirigida por José Antonio Nieves Conde, considerada una de las películas más importantes del cine español de la posguerra.

Surcos (1951)

La historia sigue a una familia campesina que abandona su pueblo para instalarse en Madrid con la esperanza de encontrar una vida mejor. La película muestra cómo la pobreza rural impulsa a miles de personas a emigrar hacia las ciudades, donde pronto descubren nuevas dificultades relacionadas con el desempleo, la explotación laboral y la marginación.

Aunque buena parte de la acción transcurre en un entorno urbano, el mundo rural continúa siendo fundamental porque representa el origen de todos los conflictos. La emigración aparece como una consecuencia directa de la falta de oportunidades en el campo y refleja un fenómeno que comenzaría a intensificarse durante las décadas siguientes. No obstante muestra la cara más oscura del mundo urbano, presentando a la ciudad como algo oscuro y casi peligroso, donde, finalmente, no queda más opción que volver al campo.

Fotograma de Surcos.

Por su tratamiento realista de los problemas sociales, Surcos supuso una excepción dentro del cine franquista y abrió el camino a representaciones mucho más críticas de la sociedad española.

El desarrollismo y el éxodo rural: el cine refleja una España en transformación

A finales de la década de 1950 comenzó una profunda transformación económica que modificó para siempre la sociedad española. La industrialización, el crecimiento del turismo y el desarrollo de las grandes ciudades impulsaron un éxodo rural sin precedentes. Millones de personas abandonaron los pueblos para buscar trabajo en los nuevos polos industriales o emigraron al extranjero en busca de mejores oportunidades. Este proceso alteró la estructura demográfica del país y dejó una huella imborrable en el paisaje rural.

Entorno industrial de Barcelona. Años 60.

El cine fue uno de los primeros medios en reflejar esta realidad. Las películas empezaron a mostrar pueblos cada vez más envejecidos, campos menos poblados y familias divididas entre quienes permanecían en el lugar de origen y quienes se marchaban a la ciudad. La emigración dejó de ser un hecho aislado para convertirse en uno de los grandes temas del cine español de los años sesenta y setenta.

A diferencia de las décadas anteriores, la representación del medio rural comenzó a alejarse de los estereotipos tradicionales. El pueblo ya no era únicamente el lugar donde se conservaban las costumbres o los valores nacionales, sino también un espacio marcado por la falta de oportunidades y por la desaparición progresiva de una forma de vida que había definido a España durante siglos.

El Nuevo Cine Español y una visión más crítica del campo

Durante los años sesenta apareció una nueva generación de directores que renovó profundamente el lenguaje cinematográfico español. Conocido como el Nuevo Cine Español, este movimiento apostó por un cine más realista, simbólico y comprometido con la realidad social. Aunque la censura seguía existiendo, muchos realizadores utilizaron metáforas y dobles lecturas para abordar cuestiones que hasta entonces habían permanecido ocultas.

Dentro de esta renovación destacó la figura de Carlos Saura, uno de los directores más importantes del cine español contemporáneo. En “La caza” (1966), Saura situó la acción en un paisaje rural aparentemente tranquilo donde tres antiguos combatientes de la Guerra Civil se reúnen para pasar un día cazando con un joven que pertenece a una generación posterior. Lo que comienza como una jornada de ocio termina convirtiéndose en un enfrentamiento marcado por el resentimiento, la violencia y los recuerdos del conflicto.

La Caza (1966)

Aunque la película nunca menciona directamente la Guerra Civil, el paisaje adquiere un fuerte valor simbólico. El calor, la aridez del terreno y el aislamiento del escenario reflejan la tensión psicológica de los personajes y las heridas que todavía permanecían abiertas en la sociedad española. El campo deja de ser un lugar de armonía para convertirse en un espacio donde afloran los conflictos del pasado.

Otra obra fundamental de este periodo es “El espíritu de la colmena” (1973), dirigida por Víctor Erice. Ambientada en un pequeño pueblo castellano durante la posguerra, la película narra la historia de Ana, una niña cuya imaginación se despierta tras ver Frankenstein en el cine ambulante que llega a la localidad.

Fotograma de El espíritu de la colmena.

A través de una narración pausada y cargada de simbolismo, Erice retrata un pueblo silencioso, casi inmóvil, donde el aislamiento y el miedo forman parte de la vida cotidiana. La película refleja las consecuencias invisibles de la Guerra Civil y muestra cómo el mundo rural quedó marcado por el silencio y la ausencia de comunicación. Más que describir un lugar concreto, construye una metáfora sobre la España de la posguerra y sobre la forma en que una generación creció rodeada de incertidumbre.

Furtivos: el lado más oscuro del mundo rural

En 1975, poco antes de la muerte de Franco, José Luis Borau estrenó “Furtivos”, una de las películas más influyentes del cine español de la década.

La historia se desarrolla en un bosque donde viven un guarda forestal y su dominante madre. La llegada de una joven altera el equilibrio entre los personajes y desencadena una trama marcada por la violencia, el control y la represión.

Escena de Furtivos.

Borau rompe completamente con la imagen tradicional del campo difundida durante el franquismo. La naturaleza ya no aparece como un espacio de paz, sino como un entorno hostil donde predominan el aislamiento, la brutalidad y unas relaciones humanas profundamente deterioradas. El bosque se convierte en un símbolo de la represión política y moral que había caracterizado a la dictadura.

Gracias a su lenguaje simbólico y a su mirada crítica, “Furtivos” representa el final de una etapa y anticipa la libertad creativa que llegará con la democracia.

Paco Martínez Soria y la visión popular del mundo rural

Si hay un actor que ha contribuido a consolidar una imagen idealizada a la par que caricaturizada de la España rural en el cine de los años sesenta y setenta ese es el turiasonense Paco Martínez Soria. En películas como “La ciudad no es para mí” (1966), “El turismo es un gran invento” (1968), “Abuelo Made in Spain” (1969) o “Don Erre que Erre” (1970), interpretó a personajes humildes y honestos que representaban los valores tradicionales del campo frente al ritmo y la modernidad de las ciudades.

Una de las escenas más icónicas y reconocibles del cine rural. La ciudad no es para mi.

Sus comedias reflejan el contexto del desarrollismo y el éxodo rural, cuando miles de españoles abandonaban los pueblos en busca de mejores oportunidades. A través del humor, mostraban el contraste entre la vida rural y la urbana, aunque siempre desde una visión amable y optimista del mundo campesino. La ciudad era el progreso, el cambio, el futuro, pero el mundo rural era el origen, los valores, la tradición y lo noble.

Fotograma de El turismo es un gran invento.

Si bien estas películas evitaban profundizar en problemas como la pobreza o la despoblación, constituyen un valioso testimonio del imaginario colectivo de la época. Frente a obras más críticas como “Surcos”, “La caza”, “Furtivos” o “Los santos inocentes”, el cine de Paco Martínez Soria ofreció una representación nostálgica y cercana del campo, convirtiéndose en una de las imágenes más populares de la España rural en el cine.

La Transición y una nueva mirada sobre los pueblos

Tras la muerte de Franco en 1975 y el inicio de la Transición democrática, el cine español experimentó una transformación decisiva. La desaparición de la censura permitió tratar temas hasta entonces prohibidos y ofrecer una representación mucho más compleja del mundo rural.

Lina Morgan en La tonta del bote (1970).

Los directores comenzaron a interesarse por cuestiones como la memoria histórica, las desigualdades sociales, el abandono de los pueblos y las consecuencias de la emigración. El medio rural dejó de ser únicamente un escenario tradicional para convertirse en un espacio donde analizar los grandes cambios experimentados por la sociedad española.

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Los energéticos (1979). Pajares y Esteso caricaturizando al «cateto» de pueblo.

Si bien van a seguir proliferando las comedias de Alfredo Landa, Lina Morgan, Gracita Morales o Pajares y Esteso donde es frecuente ver al personaje rústico e ingenuo que ha emigrado a la ciudad, las películas de esta etapa presentan personajes más complejos y alejados de los estereotipos. Los campesinos ya no aparecen como figuras idealizadas, sino como personas condicionadas por la pobreza, la falta de oportunidades o las profundas transformaciones económicas que atravesaba el país.

Los santos inocentes: el retrato definitivo de la desigualdad rural

12 curiosidades de 'Los santos inocentes' en su 35 aniversario
Escena de Los Santos Inocentes.

Entre todas las películas que abordaron el mundo rural durante la democracia, “Los santos inocentes” (1984), dirigida por Mario Camus y basada en la novela de Miguel Delibes, ocupa un lugar privilegiado.

La historia se sitúa en un cortijo extremeño durante los últimos años del franquismo y narra la vida de una familia de jornaleros sometida a la autoridad de los propietarios de la finca. A través de personajes como Paco, Régula o Azarías, la película muestra la dependencia económica, la falta de derechos y las enormes diferencias sociales existentes en muchas zonas rurales españolas.

La interpretación de Alfredo Landa y Francisco Rabal, premiada en el Festival de Cannes, contribuyó a convertir la película en una de las grandes obras del cine español. El personaje de Azarías, con su famosa expresión «Milana bonita», se ha convertido en uno de los símbolos de la historia del cine nacional.

“Los santos inocentes” rompe definitivamente con la visión idealizada del campo difundida durante décadas. La naturaleza continúa ocupando un lugar central, pero ya no representa únicamente belleza o tradición. También refleja las desigualdades, la explotación laboral y las relaciones de poder que condicionaban la vida cotidiana de miles de campesinos.

El cine rural hasta nuestros días

EL OLIVO - ▷ Fiesta de la Educación | XII Edición
Fotograma de El Olivo.

Actualmente dentro de la amplísima gama de temáticas y escenarios del cine seguimos encontrando una fuerte presencia del mundo rural, en tanto que nuestro país es eminentemente rural.

Si bien ahora es mucho más difícil decir en qué momento se encuentra el imaginario del cine actual debido a la gran cantidad de películas que lo proyectan de diferente manera. Tenemos películas como “El Olivo” (2016), “Alcarràs” (2022) o “Uno para todos” (2020), donde impera el realismo, el pueblo es un escenario fiel a la realidad, donde vemos cómo los jóvenes escuchan reguetón, llevan ropa de marca y suben fotos a redes sociales desde un IPhone. No es ese mundo atrasado de hace unas décadas, es el actual. Aunque, en una línea de drama rural realista, encontramos cómo el mundo rural puede ser un escenario casi aterrador y asfixiante como en la premiada “As Bestas” (2022).

Villaviciosa al lado (2016) - Filmaffinity
Villaviciosa de al lado (2016)

Pero también tenemos una imagen más caricaturizada y cómica, donde seguimos viendo restos de ese imaginario del “cateto de pueblo” que tan bien encaja en las comedias españolas: “La Pequeña Suiza” (2019), “Villaviciosa de al lado” (2016), la serie “El Pueblo” (2020)…

Y podríamos citar muchas más.

Conclusión: un siglo construyendo la imagen del campo español

La evolución del cine español demuestra que la representación del mundo rural nunca ha sido neutral. Cada etapa histórica proyectó sobre el campo una imagen diferente, condicionada por el contexto político, social y cultural del momento.

Las primeras películas presentaban un universo dominado por el costumbrismo, las tradiciones y el folclore regional. Durante la Segunda República surgieron obras que comenzaron a denunciar la pobreza y las desigualdades del medio rural, como “Las Hurdes, tierra sin pan”. La Guerra Civil convirtió el cine en un instrumento propagandístico y, tras la victoria franquista, el régimen utilizó las películas para construir una visión idealizada de los pueblos, donde predominaban la religión, la familia y el respeto a la autoridad.

'As bestas', el thriller rural de Rodrigo Sorogoyen
Escena de As Bestas.

Con el desarrollismo y el éxodo rural, el cine empezó a mostrar una realidad mucho más compleja. Películas como “Surcos”, “La caza”, “El espíritu de la colmena” o “Furtivos” reflejaron las profundas transformaciones que experimentaba la sociedad española y utilizaron el paisaje rural para hablar de emigración, memoria, violencia o aislamiento. Finalmente, durante la democracia, “Los santos inocentes” consolidó una representación crítica que recuperó la realidad de los campesinos y denunció las desigualdades que habían permanecido ocultas durante décadas.

En conjunto, el cine no solo ha servido para documentar la evolución del medio rural español, sino que también ha contribuido a construir la imagen que la sociedad tiene de él. Las películas han fijado paisajes, personajes y formas de vida que todavía forman parte del imaginario colectivo. Por ello, constituyen una fuente histórica de enorme valor para comprender cómo ha cambiado la España rural a lo largo del siglo XX y cómo esos cambios han quedado reflejados en una de las manifestaciones culturales más influyentes de la historia contemporánea.

Bibliografía

Querol Sanz, V. (2022). La imagen de la España rural en el siglo XX a través del cine, Trabajo de Fin de Grado, Universidad de Zaragoza. Repositorio Institucional de la Universidad de Zaragoza. https://zaguan.unizar.es/record/120485

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