Entre los páramos abiertos, los barrancos abruptos y las sierras cubiertas de sabinas y pinos del sureste de la provincia de Guadalajara se encuentran pequeños pueblos de piedra y silencio donde el tiempo parece avanzar más despacio. Uno de ellos es Terzaga, una localidad integrada históricamente en el Señorío de Molina, dentro de la antigua Sesma de la Sierra.
Con menos de treinta habitantes censados en la actualidad, Terzaga conserva un patrimonio histórico y etnográfico de gran valor. Uno de sus principales atractivos es el vinculado a la explotación de la sal: unas antiguas salinas situadas a orillas del río Bullones. Aunque hoy las salinas permanecen abandonadas y sin actividad desde hace décadas, durante siglos fueron una de las principales fuentes de riqueza de la localidad y un recurso estratégico para toda la comarca molinesa.
Un enclave ligado a la sal desde la Edad Media
Si bien otros pueblos de la zona también contaron con explotaciones salineras, el caso de Terzaga destaca por la importancia histórica del enclave, situado en el camino entre Molina de Aragón y Cuenca, hacia Zaragoza. Por ello, la historia de Terzaga y la propia existencia del pueblo no pueden entenderse sin sus salinas, que lo situaron en una posición estratégica dentro de la comarca.
La existencia de aguas salobres en su término permitió desarrollar, desde la antigüedad, una actividad de gran valor económico. Mientras otros pueblos dependían casi exclusivamente del cereal, la ganadería o la explotación forestal, Terzaga contaba con una riqueza adicional que generaba trabajo, comercio e ingresos.
De hecho, aunque sabemos, por los yacimientos arqueológicos, que las inmediaciones de Terzaga estuvieron habitadas desde tiempos de los celtíberos —como demuestra el yacimiento del castro de Villarviejo— y también por los romanos, a quienes algunos investigadores atribuyen el origen del nombre del pueblo (Tertia Aqua o Tertia Romanorum, evolucionado posteriormente hasta el topónimo actual pasando por el bereber), la primera mención escrita de la localidad aparece relacionada con sus salinas. Además, la existencia de vestigios de tres torres árabes que controlaban el valle de acceso al municipio podría indicar también una explotación de la sal de Terzaga por parte de las poblaciones bereberes que habitaron este territorio de escasa demografía.
Existen también restos de torres en Pinilla de Molina y Fuembellida, siguiendo el curso del río Bullones, que dejan abierta la posibilidad de una red de torres de control del camino por el que se transportaba la sal hasta Molina de Aragón.

En el siglo XII encontramos cómo el conde don Pedro Manrique de Lara cedió las salinas al monasterio de Monasterio de Santa María de Huerta. Posteriormente, la quinta señora de Molina, doña Blanca, las donó en su testamento de 1293 a uno de sus caballeros, Juan Fernández. En el siglo XIV, cuando el Señorío fue entregado al rey Pedro IV de Aragón, este las legó a su cortesano García de Vera. Más tarde, tras varios cambios de propiedad, pasaron a formar parte del mayorazgo molinés de los Mendoza de Molina, condes de Priego, a partir del siglo XV.
Durante siglos, las salinas ofrecieron jornales a vecinos de la localidad. Atraían arrieros, compradores y trabajadores temporales, por lo que en torno a ellas se organizó buena parte de la economía local.
Su explotación se mantuvo de forma regular hasta mediados del siglo XX, cuando dejó de recogerse la sal y las salinas de Terzaga comenzaron a deteriorarse progresivamente, quedando reducidas a un enclave toponímico situado en las inmediaciones del casco urbano.

Cuando la sal era una riqueza estratégica
Hoy la sal es un producto cotidiano y de bajo coste, pero durante la Antigüedad, la Edad Media y buena parte de la Edad Moderna fue un bien esencial para la supervivencia. Su principal función era la conservación de alimentos en una época sin refrigeración. Gracias a la sal podían almacenarse carnes, pescados, quesos y embutidos durante largos periodos.
Además de su uso alimentario, la sal era necesaria para la ganadería, el curtido de pieles y diversas actividades artesanales. Poseer una explotación salinera garantizaba ingresos constantes y una posición económica privilegiada.
En una comarca como la de Molina, caracterizada por inviernos largos y rigurosos, disponer de reservas de alimentos conservados en sal resultaba fundamental para la vida cotidiana.

El funcionamiento de las salinas
Las salinas de Terzaga utilizaban un sistema tradicional similar al empleado en otros enclaves salineros del interior peninsular. Las aguas subterráneas cargadas de sales minerales emergían en manantiales o filtraciones naturales y eran conducidas mediante canales hasta eras o balsas poco profundas.
En esas superficies, situadas en las inmediaciones del casco urbano, la acción conjunta del sol y el viento evaporaba el agua hasta dejar una capa de cristales de sal. Los trabajadores recogían entonces manualmente la sal mediante una labor conocida popularmente como “barrer la sal”.
El proceso requería un mantenimiento constante de las eras y los canales, así como experiencia acumulada durante generaciones. Las tormentas estivales podían arruinar jornadas enteras de trabajo, por lo que la vigilancia era continua. Más allá de una simple actividad agrícola, la explotación salinera constituía una auténtica industria rural especializada.

Un patrimonio compartido en la comarca molinesa
La comarca de Molina contó históricamente con varias explotaciones salineras de importancia, como las de Armallá o Saelices de la Sal. Las últimas conservan todavía buena parte de sus estructuras y constituyen uno de los ejemplos más destacados de patrimonio salinero de la provincia de Guadalajara.
En este contexto, Terzaga ocupa un lugar singular por la estrecha relación entre su paisaje, su desarrollo histórico y la explotación de la sal. Durante siglos, las salinas estuvieron sometidas a derechos señoriales, impuestos, arrendamientos y concesiones, reflejo de la importancia económica que alcanzó este recurso.
Controlar una salina suponía controlar un producto de primera necesidad, motivo por el que nobles, instituciones religiosas y administraciones mostraron siempre interés por estos enclaves.

Del esplendor al abandono
La decadencia de las salinas comenzó a partir del siglo XIX y se aceleró durante el XX. La mejora de los transportes y la industrialización permitieron distribuir sal marina más abundante y barata desde las zonas costeras. A ello se sumó el éxodo rural, que redujo drásticamente la población y la mano de obra disponible en los pequeños municipios del interior.
La explotación dejó de ser rentable y la actividad terminó desapareciendo. Las eras quedaron vacías y el movimiento de trabajadores y animales de carga fue sustituido por el silencio.
Un legado con valor cultural y turístico
Hoy las salinas de Terzaga representan uno de los elementos patrimoniales más interesantes del municipio y de toda la comarca molinesa. Su valor no es únicamente material. También forman parte del patrimonio inmaterial asociado a los conocimientos tradicionales transmitidos de generación en generación y necesarios para la explotación de la sal.
Canales, eras y restos de las antiguas instalaciones hablan de técnicas de aprovechamiento del territorio adaptadas al clima y a los recursos disponibles. Constituyen, además, un testimonio de la importancia histórica del mundo rural en la economía peninsular.
La recuperación y puesta en valor de este enclave podría convertir a Terzaga en un referente del turismo cultural y etnográfico vinculado al paisaje tradicional del Alto Tajo.

Memoria de un paisaje productivo
Visitar hoy Terzaga supone recorrer un paisaje marcado por la memoria. En las inmediaciones del pueblo todavía pueden identificarse los restos de las antiguas salinas, convertidas ya en vestigios históricos de una actividad desaparecida.
Las salinas de Terzaga, junto a las de Saelices de la Sal o Armallá, recuerdan que muchos pequeños pueblos de la provincia fueron durante siglos importantes centros productivos. Su historia demuestra que el medio rural no solo estuvo ligado al aislamiento o la escasez, sino también al aprovechamiento inteligente de los recursos naturales.
En pleno debate sobre la despoblación y la denominada “España vaciada”, enclaves como este invitan a reflexionar sobre la necesidad de conservar tanto el patrimonio material como el conocimiento tradicional acumulado durante generaciones.
La sal ya no se recoge en Terzaga, pero continúa formando parte de la identidad y la memoria de un pueblo que todavía tiene mucho que contar.


Huesca (2000). De Terzaga. Graduado en Historia por la Universidad de Zaragoza y Técnico superior en información turística. Especializado en etnografía y patrimonio cultural inmaterial. Corresponsal en fiestas de otros pueblos.
















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