El pasado domingo fui al cine a ver Con la tierra en los pies, estrenada en Espiello el sábado 14 de marzo y presentada al resto del público en Zaragoza el viernes 17 de abril. Se trata de una película documental dirigida por Fernando Vera, a partir de la idea y el trabajo de Rafael Latre, productor ejecutivo de la misma, quien durante años se dedicó a recoger la historia y la tradición oral de su pueblo, Nerín, en el Pirineo oscense.
El film, que incluso podríamos acusarlo de pecar de ecléctico, entrelaza épocas, hechos y personajes —reales y ficticios— en torno a dos claros temas transversales: la importancia de valorar la cultura y las tradiciones de los lugares pequeños y la despoblación del mundo rural.
El primero de los temas, la cultura y la tradición de los pequeños pueblos, se aborda a partir de la figura del lingüista alemán Rudolf Wilmes, quien visitó Nerín y el valle de Vió en la década de 1930 con motivo de su tesis doctoral sobre el aragonés. Si bien el teutón estaba inicialmente interesado en el estudio de la formación de las palabras y su fonética, pronto queda prendado de ese modo de vida, de esas montañas y de la paz que le transmitía la monotonía del día a día de los habitantes de aquellas tierras, que articulaban su existencia en torno al ciclo natural de las cosas.
Es capaz de apreciar desde el desempeño de las labores ganaderas, las fiestas de cada estación, la esquila y la siembra del trigo hasta la elaboración de unas sencillas migas. Wilmes es consciente de la importancia de conservar ese mundo que, inmerso en la cotidianeidad, no es valorado por sus propios protagonistas. Por ello, desde su visita, se dedica plenamente a defenderlo y a ejercer como embajador del mismo en el ámbito académico alemán.
El otro gran tema a tratar, que puede encuadrarse en la segunda parte del largometraje, es la despoblación del mundo rural. Para ello, el director y el productor aciertan al elegir una serie de voces representativas que conocen de primera mano la cuestión y que se han hecho un nombre en el estudio de la etnografía aragonesa y del mundo rural. Podemos citar a varios, como Manuel Campo Vidal, Severino Pallaruelo, María Pilar Benítez Marco o Sandra Araguás.
Pero también se da voz a vecinos del valle y de pueblos del Pirineo aragonés, que narran, con sinceridad y nostalgia, cómo era su vida antes de emigrar y cómo vivieron la despoblación de sus localidades, en un relato en el que interviene el propio Latre. Se construye así un archivo oral de testimonios del éxodo rural extrapolable a gran parte de la geografía española.
Una de las partes más interesantes del documental —y esto es opinión personal— la protagonizan Campo Vidal y Pallaruelo (de quien puedo decir que fui alumno en secundaria), en un debate donde defienden sus posiciones relativas al origen, desarrollo, situación actual y futuro de la (mal) llamada “España vacía” o “vaciada”. Los oscenses aportan claves importantes al respecto. Mientras que Pallaruelo destaca la relevancia de los cambios sociales que propiciaron la despoblación de muchas zonas rurales y la futilidad de buscar un único culpable, Campo Vidal, con una visión más optimista, subraya los esfuerzos y resultados positivos que se están llevando a cabo en muchos pueblos para evitar su desaparición. No obstante, sentencia que solo aquellos pueblos que cuenten con un plan y sigan una hoja de ruta previamente establecida saldrán adelante.
Tras la proyección de la película tuvo lugar un coloquio con uno de los actores y con Rafael Latre, en el que se formularon algunas preguntas más bien triviales y se escuchó algún chascarrillo, pero donde el productor aportó una de las claves fundamentales. Gracias a ella no solo comprendimos mejor la película y su motivación para invertir tanto tiempo y dinero en el proyecto, sino que también nos permitió hacer un ejercicio introspectivo sobre nuestra propia identidad y sobre aquello a lo que damos valor. Latre explicó cómo, de niño, se avergonzaba de ser de pueblo, de trabajar en el campo durante las vacaciones y de pertenecer a un mundo que consideraba obsoleto, hasta el punto de no contárselo a sus amigos ajenos a esa realidad. Sin embargo, años después ha invertido tiempo y recursos en lo que se ha convertido en el proyecto de su vida: contar la historia de su pueblo, de sus gentes y de sus costumbres, y, en definitiva, explicarnos quién es él.
En nuestra comarca, el Señorío de Molina, encontramos una de las densidades de población más bajas de España: menos de dos habitantes por kilómetro cuadrado, incluso por debajo de la de Laponia.
Resulta inevitable salir del cine sin reflexionar sobre lo que se acaba de ver, especialmente cuando tus padres han nacido en dos de las comarcas más despobladas de España —con densidades demográficas realmente bajas— y han vivido experiencias muy similares a las de la mayoría de las personas que intervienen en el documental, independientemente de que procedan de las montañas de otra provincia. En nuestra comarca, el Señorío de Molina, encontramos una de las densidades de población más bajas de España: menos de dos habitantes por kilómetro cuadrado, incluso por debajo de la de Laponia. Sabemos que estas tierras nunca estuvieron sobrepobladas, pero el decrecimiento experimentado desde los años sesenta hasta la actualidad ha sido muy acusado y, sin duda, preocupante, constituyendo la principal amenaza para el territorio.
Aunque la situación es difícil, no todo está perdido.
No obstante, podemos quedarnos con uno de los mensajes finales de la película: aunque la situación es difícil, no todo está perdido. Es fundamental seguir una hoja de ruta, contar con un proyecto y un plan capaz de trasladarse del plano abstracto al material. Para ello, es imprescindible conocer el territorio, sentirse orgulloso de él —como lo está Latre de su Nerín—, identificar los principales problemas y plantear posibles soluciones, destacando especialmente la importancia de la cohesión territorial. Si somos pocos, al menos debemos estar unidos.
En conclusión, Con la tierra en los pies es un documental que aborda múltiples cuestiones ya mencionadas: la historia de un lingüista-etnógrafo que enseñó a los habitantes de un pequeño pueblo la importancia de amar su identidad; la recopilación de voces que narran con tristeza cómo cerraron las puertas de sus casas para marcharse a vivir y trabajar a la ciudad; la reivindicación de la vida en la (mal) llamada “España vacía” o “vaciada”; y la reconciliación de un hombre con sus raíces. Ciento un minutos de voces y montañas que invitan a la reflexión cuando se encienden las luces.

Huesca (2000). De Terzaga. Graduado en Historia por la Universidad de Zaragoza y Técnico superior en información turística. Especializado en etnografía y patrimonio cultural inmaterial. Corresponsal en fiestas de otros pueblos.



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