Nuestros pueblos, pese a ser depositarios de una inmensa riqueza en recursos y patrimonio, languidecen hoy bajo el peso de una profunda precariedad financiera. Carecemos de los pulmones económicos necesarios para impulsar inversiones que frenen la sangría de la despoblación. Salvo en contadas y excepcionales ocasiones, nuestra capacidad de maniobra se limita a pequeñas acciones de resistencia; gestos mínimos que apenas nos permiten sobrellevar el presente.
Ante este escenario, se vuelve imperativo reivindicar la fuerza de lo colectivo. Debemos apelar al capital humano que aún late en nuestras comunidades. Como reza el dicho, «un grano no hace granero, pero ayuda al compañero»; y es fundamental entender que cada minuto dedicado a nuestra tierra es un avance, nunca un esfuerzo en balde.
Es cierto que a nuestros vecinos, hijos del pueblo y visitantes les sobran ideas y proyectos para combatir la lacra de la despoblación, pero la carencia más crítica es, paradójicamente, la de manos. En las ciudades, la administración local asume la gestión total de los servicios, relegando la colaboración vecinal a un plano casi inexistente. Pero en nuestros pueblos la realidad es otra. En este proyecto no pedimos desembolsos económicos, sino algo mucho más valioso: tiempo y voluntad.
Necesitamos manos dispuestas a escribir y a compartir noticias, a rescatar historias que merecen ser blindadas contra el silencio. Requerimos cronistas que fijen sobre el papel los hechos de nuestra tierra, manteniendo vivo el sentimiento de comunidad y salvaguardando esas memorias que constituyen nuestra identidad. Ya sea el abuelo que atesora la historia oral o el joven que narra las fiestas patronales, cada aportación suma. Al compartir nuestra actualidad, nuestras vivencias y nuestra historia creamos una supracomunidad: una red de nexos entre municipios que nos permitirá buscar apoyos conjuntos y crecer bajo un frente unido.
Puedo afirmar, por experiencia propia, que el trabajo realizado por y para el pueblo genera una satisfacción difícil de narrar. Es una labor que no entiende de salarios ni de horarios, pero que revitaliza el lugar donde fuimos felices. Es, en última instancia, nuestro deber moral: devolver con gratitud y acción positiva todo aquello que esta tierra nos ha regalado.
Os recordamos que podéis contactar con nosotros para colaborar al email de redaccion@diariobajocero.es
¡Muchas gracias!

Guadalajara (1993). De Orea. Alcalde de Orea y Presidente de la Mancomunidad de Municipios de la Sierra. Graduado en ADE por la Universidad de Alcalá de Henares. Profesor de Economía en Educación Secundaria en la Comunidad Autónoma de Madrid.


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